Iván Zulueta — « Arrebato » (1980), cuando filmar se convierte en una obsesión vampírica

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En Arrebato (1980), Iván Zulueta transforma la cámara en una trampa hipnótica: poco a poco, filmar se convierte en una obsesión que devora a quienes se abandonan a las imágenes. Entre cine experimental, fiebre nocturna y vértigo vampírico, la película lleva al espectador a un laberinto donde la creación y la desaparición se confunden.

Con « Arrebato », Iván Zulueta transforma una cámara Super 8 en objeto de fascinación y amenaza. En esta película española de 1980, un director al borde de la desesperación se ve atrapado por las imágenes, mientras que un joven cineasta parece haber abandonado una parte de sí mismo a ellas. Entre relato vampírico, autorretrato fragmentado y experimentación visual, la obra explora el precio de una obsesión: querer mirar siempre más, hasta arriesgarse a desaparecer en lo que se filma.

Durante mucho tiempo poco accesible en Francia, este filme ocupa un lugar singular en la historia del cine español moderno. Su autor, Iván Zulueta, mezcla elementos de cine de angustia, recuerdos personales e imágenes bricoladas con una libertad que desconcierta tanto como atrae. El resultado se asemeja a una trampa que se cierra lentamente.

El título ya anuncia una experiencia de cambio. La palabra española « arrebato » evoca una arrebato, una exaltación o un éxtasis tan intenso que puede abrir a un mundo desconocido. Aquí, esta trance concierne a los personajes, pero también al espectador, invitado a seguir un relato que avanza por visiones, retrocesos y asociaciones inesperadas.

Un cineasta entre experimentación y cultura pop

Nacido en San Sebastián en 1943, Zulueta se forma en diseño y cine antes de trabajar para la televisión. Su paso por Nueva York alimenta su interés por las artes visuales, mientras que la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid le ofrece una formación más institucional. Dibujo, diseño gráfico y cine se convierten en prácticas estrechamente ligadas.

Su primer largometraje, « Un, dos, tres… al escondite inglés », se estrenó en 1970. Luego continúa un recorrido más subterráneo, marcado por cortometrajes rodados en Super 8 y por una búsqueda llevada a cabo al margen de las formas convencionales. Estos años de creación artesanal dejan una huella visible en « Arrebato », donde las imágenes parecen a veces fabricarse ante nuestros ojos.

El cineasta toma de la cultura popular sus colores, sus carteles y sus objetos fetiches, pero los desvía hacia una atmósfera cada vez más turbia. Lo pop no se reduce a una decoración ácida: se convierte en una memoria visual que se deforma, se repite y termina por inquietar. Esta tensión también atraviesa otras obras que abordan los excesos y las percepciones alteradas, como « Bliss » de Joe Begos.

José, Pedro y la cámara que devora

José, interpretado por Eusebio Poncela, realiza películas de terror de bajo presupuesto y lleva una existencia debilitada por su consumo de heroína. Un día, recibe una grabación de voz de Pedro, un joven colega evidentemente en apuros. Este cuenta que una cámara parece ejercer sobre él un dominio creciente.

De regreso a casa, José encuentra a Ana, su antigua compañera y musa, dormida en su apartamento. Un consumo de drogas abre un largo recorrido en sus recuerdos: las visitas a Pedro, las tensiones con Ana y los episodios relacionados con las películas amateur del joven. La narración avanza por capas, como si la memoria de José se construyera a sí misma en la urgencia.

Pedro filma secuencias breves, observa sus variaciones y espera que la imagen produzca un evento. No busca solamente contar o componer un encuadre: espera alcanzar una intensidad particular, casi una revelación. La cámara se convierte así en una compañera ambigua, tanto herramienta de creación como presencia que parece reclamar siempre más.

El motivo vampírico se dibuja sin limitarse a los códigos del fantástico tradicional. La fascinación visual extrae algo de los personajes: su energía, su capacidad de comunicarse y, poco a poco, su relación con el mundo ordinario. En esta lógica, filmar equivale a acercarse a un éxtasis que promete la evasión mientras se cobra un precio por su acceso.

Una película interior, montada como un laberinto

La estructura permanece comprensible, pero nunca sigue una progresión perfectamente rectilínea. Los recuerdos de José se mezclan con los relatos de Pedro, mientras que las películas dentro de la película interrumpen o desplazan la acción. Algunos pasajes parecen destellos de sueño, otros fragmentos encontrados en una caja de rollos de película.

Zulueta juega con los cambios de ritmo, las repeticiones y las rupturas de tono. El montaje acerca elementos distantes, luego deja resonar una imagen más allá de su duración. Para apreciar plenamente esta construcción, a veces es necesario renunciar a buscar de inmediato una explicación y aceptar dejarse guiar por sus asociaciones.

Las secuencias filmadas por Pedro están a su vez vinculadas a las investigaciones anteriores del director. Se pueden percibir ecos de « Leo es pardo », cortometraje de 1976, en esta forma de tratar la película como una materia expresiva más que como un simple soporte narrativo. La experimentación se convierte en un elemento del relato, y no en un paréntesis decorativo.

Este juego de espejos da a la película una dimensión de autorretrato. José y Pedro pueden entenderse como dos figuras distintas, pero también como facetas complementarias de un mismo artista: una atrapada en compromisos y agotamiento, la otra completamente orientada hacia la experiencia de la imagen. Su desdoblamiento alimenta el misterio sin imponer una lectura única.

Los objetos refuerzan este retrato indirecto. Carteles de cine, revistas y viñetas ilustradas componen un universo saturado de referencias populares, donde la pasión por la imagen se arraiga hasta la infancia. Esta atención al fetichismo cultural recuerda a otros cineastas españoles, como Víctor Erice y Pedro Almodóvar, aunque Zulueta lleva su exploración hacia una zona más oscura.

La transición española, entre libertad y desencanto

La película aparece a inicios de los años 1980, en una España que atraviesa la transición democrática tras el fin del franquismo. La efervescencia cultural de la época a menudo se asocia a la Movida madrileña y a sus colores vibrantes. Sin embargo, el universo de Zulueta no se confunde con una celebración despreocupada de la libertad recuperada.

Sus imágenes conservan la energía del collage pop, pero esta se tiñe de melancolía y malestar. Los carteles y los motivos familiares parecen congelarse, como si su acumulación revelara un callejón sin salida en lugar de una fiesta. La película ofrece así un contrapunto más crepuscular a las representaciones de la Movida que han circulado más allá de España.

La droga ocupa un lugar esencial en este paisaje, no como simple signo de rebeldía, sino como experiencia que modifica la duración, la percepción y la relación con los demás. El largo viaje de José envuelve gran parte de la narración. Su estado alterado acompaña los desvíos de la memoria y hace incierta la frontera entre recuerdo, fantasía y alucinación.

Los tres personajes principales comparten una proximidad espacial, pero luchan por establecer un verdadero intercambio. José y Ana, a pesar de su pasado común, permanecen atrapados en una relación marcada por la distancia. Pedro, por su parte, transmite su experiencia por medio de una voz grabada, como si el vínculo humano solo pudiera sobrevivir a través de un aparato.

Esta soledad acerca la película a otras obras donde la adicción y la percepción trastocan la cotidianidad. Los aficionados a universos sensoriales y personajes al borde de la ruptura pueden continuar el descubrimiento con « El cazador de ballenas » de Philipp Yuryev o « Objeto A » de Dann Oren, dos propuestas que exploran, cada una a su manera, seres confrontados a experiencias fuera de lo normal.

La carrera de Zulueta se vuelve extremadamente discreta. Aparte de algunos trabajos para la televisión, no vuelve a encontrar el lugar que podría haber esperado la recepción de la película. Su trayectoria otorga retrospectivamente a « Arrebato » un aura de testamento artístico, sin que esta dimensión biográfica agote sus ambigüedades. La obra sigue siendo, ante todo, una experiencia cinematográfica, abierta a visiones sucesivas.

Una edición restaurada para redescubrir la obra

El relanzamiento en video ofrece la película en una restauración 4K, dentro de un estuche que combina Blu-ray y DVD. Con una duración de aproximadamente 115 minutos, se presenta en formato de imagen 1,66:1, con la pista original española y subtítulos en francés y bretón. Esta edición de Tamasa Distribution está disponible desde el 6 de octubre de 2026.

El principal suplemento es una entrevista filmada con Marcos Uzal, editor en jefe de los Cahiers du cinéma. Bajo el título « La película de culto de la Movida madrileña », repasa el trayecto del cineasta, sus inicios en la televisión y la importancia de su programa pop « El último grito », emitido a finales de los años 1960. La intervención también vuelve a colocar el largometraje en una carrera que parece concentrarse por completo en ella.

Uzal examina la relación entre José y Pedro, dos realizadores cuyas diferencias dibujan una forma de complementariedad. Insiste en cómo Pedro termina imponiendo su lógica al conjunto de la película, llevándola hacia un territorio cambiante y difícil de aprehender. La entrevista también aborda la forma en que el vampirismo y la adicción permiten a Zulueta materializar sus reflexiones sobre las imágenes.

El suplemento finalmente menciona la relación de una generación de cineastas españoles con los recuerdos culturales de la infancia: cine americano clásico, revistas ilustradas y cromos. Esta pista ilumina la presencia insistente de objetos e imágenes impresas en la película. Un tráiler completa los extras, mientras que la restauración invita a observar de nuevo las texturas y los contrastes de esta creación experimental.

Para comparar esta fascinación con otras formas de cine sensorial, también se pueden descubrir « Rietland » de Sven Bresser, así como « Belladone » de Alantė Kavaitė. Estas obras toman caminos diferentes, pero también otorgan un lugar central a las percepciones y a cómo una atmósfera transforma la mirada.

Filmar hasta desaparecer

En Arrebato, la cámara no se limita a registrar el mundo: se convierte en una presencia que atrae, observa y finalmente devora a quienes se le acercan. Para Pedro, filmar es una necesidad casi física. Las imágenes que fabrica en Super 8 parecen escaparse de él, como si el aparato estuviera llevando a cabo, en su lugar, una experiencia de la que no podría volver indemne. Esta relación inquietante transforma el gesto de creación en ritual y la mirada en terreno de dependencia.

José, él también, está atrapado en un engranaje. La droga difumina sus recuerdos y hace emerger episodios que lo vinculan a Pedro, mientras que su relación con Ana revela una forma diferente de distancia: los personajes comparten lugares y hábitos, pero parecen incapaces de realmente encontrarse. A medida que los relatos se entrelazan, la película convierte la adicción y el vampirismo en dos imágenes cercanas. Una consume los cuerpos, la otra aspira el tiempo, la atención y el deseo de permanecer en contacto con las imágenes.

La forma de la película acomoda esta dominación. Las rupturas de ritmo, los colores saturados, las visiones fragmentarias y las secuencias incrustadas componen un recorrido inestable, pero profundamente coherente con el estado de sus protagonistas. Las imágenes bricoladas de Pedro, alimentadas de recuerdos populares y objetos familiares, otorgan a la experimentación una dimensión íntima. El cine se convierte tanto en refugio, obsesión como en espacio de metamorfosis. El espectador, desafiado por estas composiciones inusuales, también es invitado a ceder una parte de control y dejarse guiar por el montaje.

Esta circulación entre autor y personajes da a Arrebato la apariencia de un autorretrato desdoblado, donde José y Pedro llevan diferentes facetas de una misma pasión creadora. La película nunca separa completamente la fascinación de la amenaza: cada imagen promete una revelación, al tiempo que deja entrever el riesgo de la desaparición. Entre la pantalla y quien la mira, el instante en que el placer visual se transforma en dominación permanece suspendido.

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