En el universo cinematográfico contemporáneo, Philippe Lesage destaca por su capacidad para profundizar en el corazón de las emociones humanas, explorando con delicadeza las complejidades de las relaciones interpersonales. Su película “Comme le feu” se inscribe en este linaje, recorriendo con delicadeza el apasionante viaje de sus protagonistas. A través de imágenes conmovedoras y diálogos evocadores, Lesage invita al espectador a reflexionar sobre el amor, el deseo y la fragilidad de los vínculos que unen a las personas. La pasión, ya sea suave o tumultuosa, se convierte así en el hilo conductor de esta obra, revelando la profundidad de los sentimientos y los dilemas internos que resultan de ellos.
La tesis de la humanidad: ganar y perder
En su octavo largometraje, como fuego, el cineasta quebequense Philippe Lesage nos invita a explorar temas profundos y complejos a través de los ojos de Aliocha (Aurélia Arandi-Longpré), una joven autora que se encuentra escribiendo su novela. Le explica a su amigo Jeff (Noah Parker) que el objetivo humano suele ser ganar —su vida, su amor, su amistad—, pero que paradójicamente persiste en perder. Esta pérdida, lejos de ser negativa, se transforma en una herramienta para reconstruir y reevaluar nuestra relación con el mundo.
Encuentros y aislamientos: un marco ambiguo
La historia comienza con el encuentro de Albert (Paul Ahmaradi), un reconocido guionista, y Blake (Arieh Worthalter), un famoso director que abandonó la ficción por los documentales. Los dos hombres, antes inseparables, se encuentran en una cabaña aislada en el corazón del bosque canadiense después de tres años de separación. Esta sesión a puerta cerrada, compartida con los hijos de Albert y los amigos de Blake, desencadena una cadena de revelaciones y tensiones que ponen al desnudo la naturaleza humana.
Una puesta en escena cuidadosamente ponderada
Philippe Lesage adopta un enfoque cinematográfico que se centra en la duración tomas para dejar brillar la dinámica emocional y psicológica de sus personajes. Las escenas no están cortadas de forma tradicional; cada plano, muy largo y a menudo estático, permite a los espectadores observar las interacciones sin interrupción. Este método genera un aumento palpable de la tensión, especialmente durante las comidas, momentos de confrontación casi teatrales que recuerdan a las obras de Ingmar Bergman.
Una inspiración bergmaniana
Las influencias de Ingmar Bergman son claramente visibles en como fuego. Desde el nombre del perro de Blake, Ingmar, hasta el reconocimiento explícito del maestro sueco en los agradecimientos, Lesage no oculta su admiración. Ciertas escenas de comida, donde las discusiones se convierten en verdaderos campos de batalla verbales, son particularmente cruel e incisivo, recordando las grandes horas de la filmografía de Bergman.
Dominación y fragilidad: el juego del poder
La película destaca la dinámica de poder, particularmente a través de la relación entre Blake y Albert. Blake, figura central en este entorno aislado, busca aplastar y humillar a su antiguo colaborador, demostrando así la toxicidad del modelo virilista. Alberto, por otra parte, representa el fragilidad y ansiedad, convirtiéndose en el objetivo de los juegos de dominación de Blake.
Alyosha y Jeff: ¿amor o deseo?
La relación entre Alyosha y Jeff también plantea dudas sobre la distinción entre amor y deseo. Jeff, entristecido menos por la falta de reciprocidad de sus sentimientos que por la posibilidad de ser apartado por Blake, ilustra una confusión frecuente entre los deseo de posesión y autoafirmación.
El papel de la bondad en un mundo brutal
En este ambiente dominado por comportamientos virilistas y conflictos de poder, sólo dos personajes destacan positivamente: Barney (Carlo Harrietha), el manitas de la cabaña, y Alyosha. Barney, a través de su amabilidad y discreción, ofrece un contrapunto a la brutalidad ambiente. Alyosha, por su parte, encarna una reivindicada frescura y libertad, aportando pinceladas de alegría a este mundo asfixiado.
Una película desafiante pero elocuente
como fuego Es una película difícil, a veces pesada en su atmósfera, pero de notable fuerza gracias a la dirección de los actores y a la dirección de Philippe Lesage. Aurélia Arandi-Longpré, Paul Ahmaradi y Arieh Worthalter ofrecen actuaciones memorables, dominando un reparto desigual pero en general decente. Esta película coral consigue transformar los defectos de sus personajes en auténticos precipicios, creando una obra potente e introspectiva.









