Con City Exterminator, Christophe Karabache transforma Beirut en un territorio distópico, atravesado por la guerra, la vigilancia y el miedo. Entre el cine de género y la realidad libanesa, la película explora las tensiones de una ciudad debilitada, donde las fantasías de control chocan con el caos cotidiano.
En City Exterminator, Christophe Karabache transforma una ciudad fragmentada por la guerra, la vigilancia y el miedo en un territorio cinematográfico inestable. En la encrucijada entre el cine de género y la observación política, su obra sigue a Nabil, un urbanista fascinado por el orden, y a Sana, atrapada en un mundo que se descompone a su alrededor. El resultado es una ficción áspera, en la que las imágenes de Beirut llevan la huella de una realidad que desborda ampliamente la pantalla.
La película se inscribe en un periodo de convulsiones que ha marcado profundamente al Líbano. En otoño de 2024, mientras el cineasta prepara otro rodaje, la escalada militar y los atentados conocidos como los de los «buscapersonas» obligan a interrumpirlo. Estos acontecimientos, que dejaron decenas de muertos y miles de heridos, también instalaron una inquietud difusa incluso en los gestos más cotidianos.
Esta angustia encuentra un eco en el relato de City Exterminator, sin que la película se reduzca a una crónica directa de la actualidad. La ciudad aparece como un organismo vulnerable, sometido a fuerzas que trastocan tanto sus calles como a sus habitantes. Karabache filma desde el interior de esta realidad, de forma independiente, y convierte la incertidumbre en materia narrativa.
Una ciudad bajo el signo de la vigilancia
Nabil imagina una ciudad futurista cuya arquitectura impondría disciplina y seguridad. Su discurso promete poner fin al desorden, pero esa promesa oculta una voluntad de control absoluto. La vigilancia se convierte en el centro de su proyecto urbanístico.
Sin embargo, las formas de esta distopía distan mucho de las tecnologías espectaculares habituales. Aquí, una verja, un teléfono corriente o un objeto apartado de su uso habitual bastan para suscitar una amenaza. Esta pobreza material da a la película una inquietante cercanía con la vida cotidiana.
El contraste entre las ambiciones grandiosas de Nabil y los medios rudimentarios que emplea alimenta la ironía del relato. No construye un futuro pulido, sino un espacio abarrotado de bloques, barreras y señales inquietantes. La arquitectura se convierte entonces en el reflejo de una mente que confunde protección con encierro.
La realidad libanesa transformada por el cine de género
Karabache toma elementos del cine de género sin seguir fielmente sus códigos. La ciencia ficción, el neonoir y el terror se contaminan y luego se deforman al contacto con los lugares filmados. El Líbano no sirve de simple decorado: imprime su geografía y su historia en cada imagen.
Los edificios dañados, las carreteras, los intercambiadores y las instalaciones portuarias componen un paisaje ya cargado de amenazas. La cámara registra estos espacios como testigos de una posible destrucción, a veces iniciada incluso antes de que la película la señale. Así, la ciudad parece llevar consigo los fantasmas de sus propias transformaciones.
Este enfoque recuerda que el conflicto contemporáneo no se manifiesta únicamente en las líneas del frente. También se insinúa en las comunicaciones, los objetos familiares y la percepción del entorno. Los aparatos electrónicos, lejos de ser neutros, se convierten en fuentes de desconfianza e inquietud.
El cine de Karabache no busca hacer que esta experiencia resulte cómoda o perfectamente explicable. Ensambla fragmentos de realidad, visiones violentas y escapadas ficticias sin suavizarlos. De esta fricción nace una forma híbrida, profundamente arraigada en el presente libanés.
Nabil y Sana, atrapados en una dinámica de dominación
En el centro de la película, Nabil desarrolla una visión autoritaria de la ciudad. Contempla los aviones de combate desde su apartamento y sueña con una organización social libre de toda resistencia. Sin embargo, su deseo de dominar el espacio revela una personalidad atravesada por sus propios impulsos.
Sana se mueve en un universo en el que las relaciones de poder la reducen progresivamente a una figura vulnerable. La relación entre ambos personajes no constituye una parábola sencilla, regida por una oposición clara entre el bien y el mal. Más bien expone cómo las fantasías de poder y la violencia concreta se alimentan mutuamente.
La trayectoria de Nabil se tuerce cuando sus proyectos chocan con sus instintos más brutales. Así, el relato rechaza la comodidad de una distopía bien ordenada, en la que cada elemento conduzca a una demostración nítida. Las ambiciones de control se resquebrajan y la historia va perdiendo poco a poco su estabilidad.
La puesta en escena acentúa esta deriva con motivos de cuerpos, mutilación y transformación. Una secuencia quirúrgica especialmente gore acerca el espacio urbano a una carne abierta, herida, cuya muerte aún resulta difícil de declarar. Esta violencia no es un simple adorno de terror: contribuye a transmitir la descomposición que recorre la película.
El recorrido de Sana también la conduce hacia imágenes de huida y metamorfosis. Los túneles, los paisajes desolados y los vagabundeos prolongan su encierro en vez de ofrecer una verdadera escapatoria. En este universo, sobrevivir significa avanzar entre las ruinas sin saber si existe una salida.
La imagen y el sonido, materias de una inquietud persistente
La fotografía, realizada junto al director de fotografía Elie Partamian, crea una atmósfera de neonoir atravesada por colores vivos y sombras densas. Las ventanas, las superficies acristaladas y los ángulos de los edificios componen encuadres que parecen vigilar a los propios personajes. A veces, la luz transforma a Sana en una aparición casi fantástica.
El trabajo sonoro de Michel Deprez da un lugar destacado a las voces, la música y los ruidos de la ciudad. Los trayectos en coche revelan los intercambiadores y los ramales de las carreteras como laberintos abiertos, por los que se circula sin llegar a escapar. El montaje, por su parte, rompe el hilo del relato y privilegia las repeticiones, los retornos y las percepciones traumáticas.
Esta construcción discontinua impide que el espectador se acomode en una lectura tranquilizadora. Algunas escenas parecen anunciar primero un desarrollo clásico, antes de que el relato se desvíe hacia una violencia más imprevisible. La película no se limita a contar el derrumbe: hace que se experimenten sus rupturas.
Las referencias al cine de género alimentan esta materia sin convertirla en un mero homenaje. El imaginario de las películas de justicieros de la era del VHS, ciertas figuras de la ciencia ficción y los ecos de Frankenstein se entrecruzan con detalles muy concretos. Para seguir explorando los géneros y sus transformaciones, también se puede leer este artículo sobre [Adagio, donde Stefano Sollima renueva el poliziottesco].
La música y la atmósfera contribuyen a mantener una tensión que no depende únicamente de la acción. El espectador percibe la amenaza en los espacios vacíos, los sonidos que persisten y las miradas que se desvían. La ciudad se convierte en un interlocutor del relato: a la vez decorado, trampa y presencia casi viva.
Una obra independiente en contacto con las convulsiones
El rodaje de Guérilla Beyrouth, emprendido con urgencia tras la interrupción del proyecto inicial, da testimonio de cómo trabaja Karabache, muy cerca de los acontecimientos. City Exterminator prolonga esta atención a las sacudidas políticas y les da una forma desfasada, a veces grotesca y a menudo agotadora. El artista no pretende ofrecer una solución ni cerrar las heridas que exponen sus imágenes.
La película se inscribe así en una concepción del cine como gesto independiente, alimentado tanto por las limitaciones como por las decisiones estéticas. Los lugares disponibles, los medios modestos y la inestabilidad del contexto se convierten en elementos creativos. Este método confiere a las imágenes una aspereza que contrasta con las distopías tecnológicas de gran espectáculo.
En este enfoque se aprecia la voluntad de captar los efectos de la violencia en la vida cotidiana, especialmente cuando el miedo transforma la relación con los objetos y los gestos de cada día. La película evoca una realidad en la que uno puede mirar el teléfono con desconfianza y dudar antes de acercarse a un aparato electrónico. Esta dimensión humana sigue en el centro del horror, detrás de los dispositivos de vigilancia y las visiones apocalípticas.
En el panorama del cine libanés contemporáneo, la obra de Karabache destaca por su energía vital y su rechazo a la melancolía como único horizonte. Por otros caminos, se suma a las búsquedas de cineastas que siguen filmando a pesar de las crisis. El estreno francés de City Exterminator está anunciado para el 18 de noviembre, con una primera proyección en el Studio Galande.
Los ecos entre el cine, la música y los relatos sociales también pueden abrir otras vías de lectura. El artículo dedicado a [la nueva obra musical de Christy Hall, «Daddio»] ofrece otro punto de entrada a los vínculos entre la creación artística y la experiencia contemporánea. En Karabache, esta experiencia toma la forma de una ciudad atravesada por el miedo, donde las ruinas físicas y mentales no dejan de hacerse eco unas de otras.
City Exterminator: Christophe Karabache explora las tensiones de la ciudad
En City Exterminator, Beirut no es un simple decorado: la ciudad actúa, amenaza y moldea a los personajes. Sus intercambiadores, sus edificios abandonados y sus infraestructuras dañadas componen un territorio en el que la violencia parece haberse inscrito incluso en el hormigón. Christophe Karabache transforma estos lugares en espacios inestables, en la frontera entre la realidad y la pesadilla. La ciudad futurista que imagina Nabil, fundada en el orden y la vigilancia, parece prolongar las inquietudes del presente más que anunciar un futuro lejano.
La película toma forma en un contexto marcado por la guerra, el miedo y la irrupción de la violencia en la vida cotidiana. Esta amenaza condiciona los gestos y las imágenes: los aparatos corrientes se vuelven sospechosos, mientras que las calles y los edificios parecen conservar la huella de los acontecimientos. Karabache no intenta reconstruir el conflicto según los códigos de un relato explicativo. Más bien capta sus sacudidas, sus fragmentos y sus repercusiones, en una puesta en escena que recurre al cine de género sin dejarse encerrar por él.
El recorrido de Nabil, un urbanista que sueña con eliminar el desorden, pone de relieve el vértigo de un poder que pretende controlarlo todo. Frente a él, Sana y las demás figuras del relato se mueven por espacios que las limitan tanto como las desorientan. La violencia física, los impulsos y las visiones de pesadilla hacen tambalear sus proyectos de dominio. La iluminación neonoir, las sombras y las rupturas del montaje refuerzan la sensación de un mundo cuyos puntos de referencia se desmoronan.
La ciudad aparece entonces como un cuerpo herido, atravesado por vías de escape, obras y ruinas. Los planos prolongados de las carreteras o los paisajes transmiten el aislamiento de los personajes, mientras que el sonido hace aflorar la angustia incluso en los espacios más familiares. Entre estas estructuras, el ojo de Nabil, los túneles que recorre Sana y las ventanas opacas dibujan una cartografía incierta, en la que se avanza sin saber qué espera al otro lado.








